Filosofía del Derecho. Lenguaje y Derecho. Apuntes. Resumen. Semiótica, Semántica, Pragmática. Lenguaje y metalenguaje en el derecho















































































Reflexionar acerca de:

  1. Concepto de lenguaje e importancia de la semiótica en el Derecho

  2. Tipos de lenguaje y categorización del Derecho

  3. Lenguaje y metalenguaje en el Derecho


“Incorporar lenguaje jurídico” ¿qué docente de nuestra asignatura no se ha propuesto este objetivo?... Sin embargo, ¿cuántos nos hemos cuestionado el “vocabulario jurídico” que pretendemos transmitir?; y ¿cuántos nos hemos cuestionado los símbolos arbitrarios que utilizamos para designar las palabras?, es decir el lenguaje -y todos sus componentes- en general.

 

El lenguaje, se entiende como un sistema de símbolos (entendidos como signos -fenómenos relacionable con otro fenómeno- “artificiales (...), intencionales y más o menos dependientes de las convenciones de una comunidad determinada”) ordenados (forman parte de una estructura) que “cumplen una cierta función (...) servir a la comunicación”

Dentro del complejo proceso de comunicación identificamos al lenguaje como el código (“el que define el lenguaje que utilizamos y establece su estructura”). Pero esto no es suficiente, además dicho proceso requiere: sujeto emisor, sujeto receptor, un mensaje y un contexto -que determinará al código, y por tanto será también, determinante-.


La semiótica -por otro lado, pero de la mano del lenguaje- es la teoría general de los signos que estudia los elementos representativos en el proceso de comunicación, sus modos de producción, de funcionamiento y de recepción. “La lingüística le proporciona su metodología y parte de sus teorías (...), estudiando todas las manifestaciones del lenguaje humano”.


Está compuesta además de la sintaxis (estudia de los signos mismos con independencia de su significado) la semántica (analiza los signos en su relación con los objetos designados), y la pragmática (se encarga de examinar la relación entre los signos y las personas que los usan).


El lenguaje entonces, es construido y reconstruido por las personas que componen una determinada sociedad, al igual que todo producto humano o cultural; sin embargo y al contrario de lo que sucede en otras áreas, no nos cuestionamos esta imposición. Lo aceptamos tal como nos es dado, y nos se nos ocurre -ni conviene- modificarlo, ya que obstaculizaría la comunicación, necesidad esencial de los seres humanos.


Al derecho (al igual que a todas las ciencias -entendida como un conjunto de enunciados, que como tales requieren ser expresados a través del lenguaje-) además, no le basta el lenguaje natural (la comunicación “ordinaria” construída mediante el uso continuado de un vocablo por parte del grupo social, a través de una dinámica histórica provocada por un mayor o menor grado de deliberación) por su vaguedad y ambigüedad, principalmente. 


Las ciencias utilizan el “lenguaje técnico” para otorgar mayor precisión al lenguaje. El mismo, se construye sobre las bases del lenguaje natural al cual referíamos. Pero, “son términos estrictamente definidos que constituyen el lenguaje específico de cada ciencia (...) con mayor grado de univocidad en los conceptos relevantes para determinado sector del conocimiento”. Así cuando el abogado dice “me allano a la demanda”, el Juez interpreta el mensaje emitido -porque comprende el código- y actúa en consecuencia. 

En el lenguaje ordinario, la vaguedad y la ambigüedad son provechosas ya que promueven la economía en el lenguaje, el cual puede ser fácilmente descifrable según el contexto. Sin embargo, para las ciencias constituye un obstáculo, ya que en su búsqueda de cierta objetividad, requiere precisión; y por ello “dan nacimiento al lenguaje técnico y el formal [requiriendo] vocablos y expresiones más exactas”. 

También requerimos -incluso en el derecho-, del uso del vocabulario formal (más propio de la lógica y las matemáticas), y se entiende por tal “aquel en el que se han eliminado los términos del lenguaje ordinario y se emplean únicamente símbolos arbitrarios, de cuyo significado se prescinde”. Un ejemplo sería cuando analizamos la estructura de una norma: “puede verse como un mero cálculo o enunciación de cierta propiedad; o podemos asignar valores a los símbolos arbitrarios, [quedando] interpretado, y resulta[ndo] aplicable a un sector de la realidad” cuando desentrañamos la estructura de la norma jurídica “X”.


“En el caso del jurista [y por qué no, de los docentes] deben describir sistemas de normas [-lenguaje objeto-] que a su vez dicen cosas acerca de sí misma [-metalenguaje-].”. Nos referimos aquí a los “niveles del lenguaje (...) hay palabras que hablan acerca de cosas [sería] el lenguaje natural cuyas reglas se describen en una investigación acerca del lenguaje” serían el lenguaje objeto”.

El metalenguaje consiste en “palabras que hablan acerca de palabras (...) es el lenguaje en el cual los resultados de la investigación se formulan [es decir] las reglas del lenguaje objeto enunciadas por el gramático”


En el lenguaje normativo o “jurídico” -como lo denominamos al comienzo- existen “dos clases de metalenguaje referido a las normas”:

  1. Prescriptivo: “normas que hablan acerca de normas”. Se menciona el ejemplo de las normas de tránsito: en las rutas se ven señales que indican normas específicas: velocidad máxima, “pare”, prohibiciones de estacionamiento, etc. Sin embargo, cada cierto tiempo podemos encontrar una metanorma, expresada en un metalenguaje: “Atienda las indicaciones de las señales”. Estas normas se encuentran en un nivel superior a las comunes ya que nos incitan a cumplir las normas “comunes”. Corresponden entonces a este nivel también las “normas que establecen métodos para crear o modificar otras normas”, como nuestra Constitución que establece en el Artículo 331 los cuatro métodos para ser modificada por el “Poder Constituyente”. 

  2. Descriptivo: “Kelsen (...) diferencia la norma -disposiciones emanadas del legislador, que constituye el lenguaje objeto- de los enunciados jurídicos -descripciones que de las mismas normas hacen los juristas, metalenguaje descriptivo-. Así la ciencia del Derecho aparece como un metalenguaje de este tipo ya que son los juristas quienes identifican las normas válidas de un sistema”.


Todos los que nos referimos al lenguaje en general, y al lenguaje jurídico en particular, nos situamos en el plano del metalenguaje: “los enunciados que integran la semiótica o la lingüística forman parte del metalenguaje que se refieren a los lenguajes objeto”. El metalenguaje sería una “serie infinita de peldaños ascendentes interminables”.


Sí el lenguaje es más o menos convencional -artificial e intencional- más aún lo es el metalenguaje.

La forma en que creamos los conceptos y cómo los clasificamos, es decir cómo determinamos que un objeto ingresa en una determinada categoría o conjunto -y por lo tanto se excluye de otros-, es “siempre un hecho cultural, y en ocasiones, meramente individual”. Afirman los autores además, que en el juego de “inventar debates estériles [o proponer clasificaciones y discusiones acerca de ellas, y/o del metalenguaje] hay verdaderos campeones: los hombres de leyes, dedicados (...) a inventar clasificaciones y a trazar sutiles -y siempre convenientes- distinciones, escriben extensos argumentos sobre la naturaleza jurídica [de distintos objetos]. (...) las soluciones no dependen de la realidad ni de la naturaleza sino de ciertas decisiones clasificatorias y lingüísticas (...). Detrás de ellos, hay ciertos problemas verdaderos, cuya identificación queda oscurecida por las argumentaciones sobre la controversia ficticia”. Principalmente los abogados, pueden -y deben en algún punto- manipular el lenguaje -natural y jurídico- así como el metalenguaje, para producir diversos efectos: inclinar a su favor la balanza de la “justicia”.


“Cada clasificación tiene su propia utilidad, dentro de determinadas circunstancias o para ciertas personas”. Por ello, no debemos dejar de reflexionar acerca de quién se verá redituado por esas “utilidades” del lenguaje...


También los docentes realizamos esta manipulación -tal vez a escala más masiva que los abogados- cuando buscamos “enseñar” determinado concepto a nuestros estudiantes -en detrimento de otros objetos, u otros conceptos para ese objeto-, y les exigimos -en mayor o menor medida según los “grados o niveles de desarrollo”- el uso del “lenguaje jurídico” y la definición de los objetos jurídicos, entre otros.


Aquí ingresamos en el área de la pragmática que como ya dijimos forma parte de la semiótica y refiere a los fines y usos del lenguaje, principal área que debemos cuestionarnos; las intenciones del lenguaje; “cuando una persona dice algo a otra, intenta siempre producir algún efecto (...) influir en él”...


Considero que nuestra asignatura puede cumplir todas las funciones del lenguaje. Podemos pretender: 

  • Describir e informar buscando producir en los estudiantes una modificación de sus creencias a través del aporte de nuevos datos; como cuando poseen un concepto erróneo o incompleto y lo aclaramos.

  • Dirigir la conducta de los estudiantes: presentando tal o cual material podemos inducirlos a una determinada opinión, otorgando al estudiante la responsabilidad absoluta de realizar un análisis crítico de dicho material, buscando además otras perspectivas. 

  • Expresar: ya sea pretendiendo comunicar nuestros sentimientos u opiniones; y/o principalmente provocando una emoción o sentimiento en nuestros estudiantes: cuando mediante una actividad les proponemos reflexionar sobre determinadas situaciones -y no otras-, promoviendo la empatía, la solidaridad, u otros principios -que también el docente manipula-.

  • Por último y principalmente procuramos “operar directamente un cambio en la realidad”: Al respecto nuevamente planteo… ¿qué docente, -desde una perspectiva constructiva y crítica- no ha planteado un objetivo referido a la ciudadanía activa, promover cambios, modificar conductas y estructuras, etc.? En síntesis objetivos de “no reproducción”...


Analizar las cuestiones relativas al lenguaje, y particularmente al lenguaje jurídico me parece de extrema importancia, ya que com dijimos la relación “de los símbolos con aquello que simboliza” la formación de conceptos, definiciones etc. es siempre artificial y heredada, así como rara vez cuestionada.


En la actualidad, se están presentando debates en torno al lenguaje inclusivo, o la construcción “machista” del lenguaje. Más allá de opiniones personales, o “debates estériles”, sí creo que es positivo “razonar sobre las interpretaciones posibles de una interpretación lingüística (...) la realidad se nos presenta ya cortada en trozos, (...) nos han inculcado (...) a través del lenguaje, la división del universo que corresponde a ese lenguaje [y aunque] los distintos idiomas parten de divisiones aproximadamente semejantes [porque] las personas (...) tienen las mismas necesidades, las mismas percepciones sensoriales, y las mismas reacciones frente al mundo que lo rodea [sin embargo, esta semejanza está lejos de ser absoluta]”. Ya que más allá de los códigos -lenguaje- el contexto es determinante, en todos los aspectos de la vida del ser humano.


Por todo lo expuesto, compartimos la importancia de “dudar de la utilidad del lenguaje (...) ya que es la herramienta de la ciencia, y en no pocos casos [el derecho es un ejemplo] integra también su objeto. (...) Es provechoso tomar conciencia de las limitaciones del instrumento que usamos de modo que sepamos manejarlo eficazmente, y sobre todo, que no nos dejemos manejar por él”; y a ello agregaría, no pretender “manejar” a los demás ya que como afirman los autores “la función expresiva [es un arma poderosa] para el dominio de las voluntades (...) es imprescindible que conozcamos los efectos emotivos del lenguaje y estemos así en condiciones de prevenir los lazos que ellos nos tienden a cada paso”

Asumir una conciencia crítica acerca de nuestro lenguaje -natural y técnico o jurídico- es el paso previo que debemos dar antes de exigir y reproducir los usos del lenguaje, principalmente cuando tratamos con seres tan maleables como son los estudiantes de secundaria en nuestro caso. Tenemos frente a nosotros una gran responsabilidad que asumir. 


    






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